La Marmolada es la montaña más alta de los Dolomitas y, en muchos sentidos, la más singular. Su cima, Punta Penia, alcanza los 3.343 metros sobre el nivel del mar. Pero la razón por la que la Marmolada ocupa un lugar aparte en el imaginario alpino no es solo su altitud: es el único macizo de los Dolomitas que tiene un glaciar de escala alpina, una lengua de hielo que en 1900 cubría más de 7 km² y que hoy, reducida a menos de 1,5 km², es el termómetro más visible y más dramático del cambio climático en los Alpes italianos.
Desde Malga Ciapela (1.446 m), en el fondo del valle de Rocca Pietore, tres tramos sucesivos de teleférico te elevan en poco más de 20 minutos hasta Punta Rocca (3.265 m), la estación superior del sistema y el punto más alto de los Dolomitas al que puede acceder cualquier visitante sin necesidad de crampones ni cuerda. En los días despejados, la panorámica desde la plataforma de observación abarca desde el mar Adriático hasta los Alpes bávaros: 400 kilómetros de horizonte en todas las direcciones.
La Marmolada es también una montaña que encierra capas de historia inesperadas. Bajo el hielo que hoy se derrite a ojos vista duerme una de las obras de ingeniería más insólitas de la Primera Guerra Mundial: una ciudad entera excavada en las entrañas del glaciar, con túneles, dormitorios, cocinas y hasta una capilla, construida por soldados austrohúngaros para sobrevivir en uno de los frentes más extremos y olvidados de la Gran Guerra. A medida que el glaciar retrocede, esa ciudad emerge.
El teleférico de la Marmolada — cómo subir
El punto de partida es Malga Ciapela, un pequeño núcleo en el municipio de Rocca Pietore, en el corazón de la provincia de Belluno. A 1.446 metros de altitud, el parking es amplio y la estación inferior del teleférico está a pocos pasos. La carretera de acceso, la SS641, conecta Malga Ciapela con Arabba por el norte y con Alleghe por el sur.
El sistema de teleférico se divide en tres cabinas consecutivas. La primera te lleva desde Malga Ciapela hasta Serauta (2.950 m), donde se puede hacer parada. La segunda cabina sube desde Serauta hasta Punta Rocca (3.265 m), la estación final. El ascenso total dura unos 20 minutos y el desnivel superado es de más de 1.800 metros verticales, uno de los mayores recorridos en teleférico de los Alpes orientales.
En cuanto a los precios, el billete de adulto de ida y vuelta hasta Punta Rocca ronda los 35-45 euros en temporada alta (los precios se actualizan cada temporada y conviene revisar la web oficial antes del viaje). Existen tarifas reducidas para niños y grupos. El teleférico de Serauta puede comprarse por separado si solo se quiere ascender al nivel intermedio.
La temporada de apertura es generalmente de julio a mediados de septiembre, aunque el calendario exacto varía en función de las condiciones meteorológicas y del estado del glaciar. Desde 2022, el teleférico no opera en temporada invernal con fines de esquí: las pistas sobre el glaciar fueron cerradas de forma permanente ese año por razones medioambientales, ante el deterioro irreversible de la capa de hielo.
La vista desde Punta Rocca — qué se ve exactamente
La plataforma de observación exterior de la estación superior de Punta Rocca ofrece lo que probablemente sea la panorámica más amplia de todo el arco alpino oriental accesible sin escalar. A 3.265 metros, por encima de la línea de las nubes bajas en los días estables, la vista se despliega en un giro de 360° que no encuentra obstáculo en ninguna dirección.
Hacia el norte y el oeste, el desfile de los grandes grupos de los Dolomitas: la Civetta, con su imponente pared noroeste, el Monte Pelmo, las Tre Cime di Lavaredo, el Gruppo del Sella, el Sassolungo y las Pale di San Martino. Más lejos, en días excepcionalmente claros, los picos de los Alpes de Ötztal y los Alpes bávaros en el horizonte norte. Hacia el sur, en las condiciones más favorables de visibilidad otoñal o en las primeras horas de la mañana tras una noche de bora, el Adriático brilla como una franja plateada sobre la llanura del Véneto.
En la estación superior hay también un museo dedicado a la historia del glaciar y a los episodios de la Primera Guerra Mundial en la Marmolada. La exposición combina fotografías históricas, equipamiento militar recuperado del hielo y material geológico que explica el comportamiento del glaciar. La visita merece la pena aunque el día esté cubierto y la vista exterior no sea excepcional.
Preparación imprescindible para subir a Punta Rocca
La temperatura en la estación superior puede ser 15-20°C inferior a la del fondo del valle. Con 35°C en Malga Ciapela, en Punta Rocca puede hacer 10-15°C y viento. Llevar ropa de abrigo no es opcional: una chaqueta cortavientos, un forro polar y guantes finos son el mínimo necesario en cualquier época del verano.
- Calzado cerrado (las sandalias sobre la nieve/hielo son resbaladizas y peligrosas)
- Gafas de sol de protección alta: la nieve y el hielo reflejan UV de forma intensa
- Protector solar, incluso en días nublados
- Agua y algo de comida: el bar de la estación superior puede tener cola larga
- Tiempo recomendado de visita: 1,5-2 horas en la cima es suficiente para la mayoría
- Algunas personas sienten un leve mareo o cansancio a 3.265 m si no están acostumbradas a la altitud; es normal y remite en pocos minutos de reposo
- Si hay niebla o tormenta en la cima, el teleférico no sale: ten un plan alternativo para el día
El glaciar que desaparece — un documento de cambio climático en tiempo real
En el año 1900, el glaciar de la Marmolada tenía una superficie de 7 km² y un espesor medio de 80 metros. Era el glaciar más imponente de los Dolomitas y uno de los más grandes de los Alpes orientales. Hoy tiene menos de 1,5 km² de superficie y en algunos sectores el espesor no supera los 20 metros. Ha perdido más del 80% de su masa en un siglo, y el ritmo de retroceso se aceleró drásticamente a partir de la década de 1980.
Los glaciólogos italianos que monitorizan la Marmolada documentan año a año la retirada del frente glaciar: en los veranos más cálidos, el borde retrocede entre 25 y 40 metros en una sola estación. Las fotografías comparativas —1920 versus 2020, o simplemente 2000 versus 2020— tienen un impacto visual que ningún gráfico puede replicar: el hielo que en las fotos antiguas cubría laderas enteras hoy ha sido sustituido por roca desnuda y oscura.
El verano de 2022 marcó un punto de inflexión en la percepción pública del problema. El 3 de julio de 2022, un serac de grandes dimensiones —un bloque de hielo desestabilizado por el calor excepcional de ese verano— se desprendió de la zona próxima a Punta Rocca y barrió un grupo de alpinistas que ascendían por la vía normal. Once personas murieron. La catástrofe no fue un accidente de montaña ordinario: los expertos la describieron directamente como una consecuencia del cambio climático, dado que las temperaturas récord registradas ese año habían acelerado la fusión interior del glaciar, creando las condiciones para el derrumbe.
Los modelos climáticos actuales son unánimes en sus proyecciones: si la tendencia continúa al ritmo actual, el glaciar de la Marmolada podría desaparecer completamente antes de 2040. No se trata de un escenario de futuro lejano sino de una desaparición en curso que cualquier visitante que suba en teleférico puede documentar con sus propios ojos. El hielo que queda hoy en la Marmolada es probablemente el que verán los últimos turistas que puedan decir que estuvieron en un glaciar de los Dolomitas.
La ciudad de hielo de la Primera Guerra Mundial
Entre 1915 y 1917, el frente austro-italiano de la Gran Guerra trazó una de sus líneas más inverosímiles sobre la superficie del glaciar de la Marmolada. A más de 3.000 metros de altitud, en un entorno de ventiscas, temperaturas de -30°C y el peligro constante de avalanchas, los ejércitos de Austria-Hungría e Italia se batieron durante más de dos años por el control de la cima.
El ejército austrohúngaro desarrolló una solución de ingeniería que no tiene parangón en la historia militar: en lugar de construir trincheras sobre el glaciar —imposibles en el hielo— excavaron una red de túneles y galerías dentro del propio hielo. El sistema creció hasta convertirse en lo que los soldados llamaron la Eisstadt, la "ciudad de hielo": kilómetros de corredores subterráneos que conectaban dormitorios para miles de hombres, cocinas, almacenes de munición, enfermerías, puestos de mando y, según los testimonios de la época, incluso una capilla. La temperatura constante dentro del hielo —alrededor de -3°C— era inhóspita pero incomparablemente mejor que los -20°C o -30°C del exterior en pleno invierno.
La Eisstadt fue abandonada al final de la guerra y quedó literalmente congelada bajo el glaciar durante un siglo. Pero el retroceso del hielo en las últimas décadas ha ido devolviendo esos túneles a la superficie, metro a metro. Y con ellos emerge todo lo que quedó dentro: munición austriaca e italiana, cascos, botas, mantas, utensilios de cocina, cartas sin enviar. Y restos humanos: soldados de ambos ejércitos que murieron bajo el hielo —por avalanchas, por el frío o en combate— y que han permanecido conservados por el glaciar durante más de cien años. Los equipos de recuperación trabajan cada verano para identificarlos y devolverlos a sus países de origen.
El museo de la estación superior de Punta Rocca dedica una sección importante a este capítulo. Para quien quiera profundizar, el Museo della Grande Guerra en Cortina d'Ampezzo y el museo al pie del teleférico en Malga Ciapela ofrecen contexto adicional sobre el frente de la Marmolada. Es una historia que, combinada con la visita al teleférico, transforma lo que podría ser una excursión panorámica convencional en algo bastante más complejo y memorable.
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